Lo temido y lo anhelado

A todos nos gusta ser normales, la locura nos asusta, no queremos andar por ahí teniendo alucinaciones. Nuestras carencias se han formado mediante un aprendizaje de millones y millones de años en los cuales la naturaleza, esa madre terrible, nos ha dicho: “O aprendes a distinguir lo verdadero o te mueres rápidamente, ojala antes de dejar hijos que salgan tan tontos como tú”.

Podemos considerarnos los alumnos sobrevivientes de la mortífera escuela de la vida. El número de especies de seres vivos que han perecido siempre, exterminadas por su incapacidad para aprender las nuevas condiciones de vida planetaria es muchísimo más grande que el número de las especies que actualmente viven en la Tierra.

El Premio Nobel de Biología, Konrad Lorenz, señala que la vida es en sí misma un proceso de adquisición de conocimiento. Este aprendizaje se aprecia por ejemplo en la forma cómo los peces o el ojo demuestran, “conocer”, haberse aprendido las leyes de la hidrodinámica o de la óptica.

Todas nuestras células saben mucho más química práctica que nosotros mismos como personas. Nosotros aún ignoramos cómo podría fabricarse un cerebro, pero nuestro cuerpo si sabe como hacerlo.

En nuestras honduras cerebrales más allá de aquella superficie que es nuestra conciencia, están los que el biólogo Rupert Riedl llama “aparatos preconcientes de computación” capaces de hacernos suponer, con toda eficiencia que la naturaleza se conduce de un modo previsible en secuencias que llamamos “de causas y efectos”.

Gracias a esos aparatos preconcientes podemos organizar nuestras vidas según nuestros juicios previos determinados por la experiencia, saber de antemano muchísimo de lo que ocurrirá en el futuro.

Por eso nuestro temor a la locura es atávico, el miedo antidiluviano a ser incapaces de comprender correctamente los signos del mundo que nos rodea, que vamos recogiendo mediante nuestros sentidos receptores: vista, oído, olfato, tacto y gusto… Gracias a ellos podía nuestro saurio antepasado comprender oportunamente que se acercaba un Tyranosaurus Rex y adivinar correctamente lo que pasaría en el futuro inmediato si aquel lograse aproximársele demasiado.

Llamamos percepción a lo que resulta, en nuestras mentes, de la combinación, comparación y clasificación de las sensaciones que nos entregan los sentidos. Es con las percepciones que funcionan todos nuestros sistemas de conciencia y gran parte de los aparatos preconcientes con los cuales tomamos nuestras decisiones. Si las percepciones comienzan a fallar fallaremos también en nuestras decisiones y pereceremos.

Por debajo de nuestra conciencia racional nuestros aparatos preconcientes nos permiten también distinguir irracionalmente, aquello que es demencial de aquello otro que es simplemente extraño, de la misma manera como distinguimos irracionalmente pero con precisión si la temperatura está subiendo o si un vehículo acelera o frena.

Con la mayor naturalidad del mundo nosotros podemos contar con esa facultad preconciente para distinguir y tomar la mayoría de nuestras decisiones cotidianas. Pero el científico no puede hacerlo. El está obligado a someter su “sentido común”, su “intuición” y su “instinto” a las férreas normas del llamado Método Científico. Este método consiste en efectuar experiencias, verificaciones y comparaciones con los conocimientos ya acumulados hasta lograr que aquello de lo que se esté tratando pueda quedar perfectamente bien descrito y clasificado por sus causas, sus parentescos con otros fenómenos afines y sus efectos en el gran concierto de la naturaleza. Si no se dan todas esas condiciones, el trabajo del científico queda reducido a la categoría de simple “teoría”, “suposición” o “conjetura”.

Sin embargo, el método científico no puede a menudo usarse en la vida diaria, si por ejemplo, tratásemos de racionalizar científicamente la proposición de que se nos está acercando un vehículo, un ómnibus, probablemente habremos sido arrollados antes de terminar nuestros cálculos sobre la naturaleza del vehículo, su velocidad, su inercia, su dirección y las coordenadas espaciales de su trayectoria en relación a la nuestra. No hay tiempo para ello y por lo tanto debemos actuar con una inteligencia irracional que en ciertas circunstancias resulta más rápida y confiable que las mentes más geniales de la humanidad racional.

Es esa inteligencia irracional la que en muchos casos se rebela contra el científico que viene a decirnos que ciertas experiencias misteriosas, profundas y llenas de significado para nuestras vidas no son más que alucinaciones. Sabemos distinguir entre la locura y lo inexplicable, y así como la primera nos atemoriza, otras experiencias más allá de la normalidad cotidiana de nuestras vidas nos despiertan anhelos. Pero entre unas y otras clases de experiencias hay una amplia zona crepuscular en que no es fácil determinar qué es lo que realmente sucede.

En tales zonas intermedias se confunden el temor y el anhelo, pues lo verdadero puede tomar aspectos demenciales y la alucinación verdadera puede suplantar a la realidad.

Por ello es que son muy pocos los seres humanos que osan golpear a las puertas del más allá de la percepción cotidiana. Saben que entrarán a un mundo peligroso y engañoso donde la belleza más espléndida puede unirse a efectos deletéreos y donde la prudencia nos dice como en el cuento infantil de Mister Fox: “Ten valor, ten valor, pero no demasiado valor si no quieres que la sangre se hiele en tus venas”.

Pero el anhelo está allí: saber qué hay más allá de la vida, poder bucear psíquicamente el futuro con la sencillez con que miramos la lejanía de un paisaje. Poder adivinar lo que otro está pensando, sentir lo que otro está sintiendo. Ver dónde se oculta el filón del rico mineral o la napa de agua profunda.

Tanto por los testimonios de personas que han tenido experiencias de este tipo como por simples testimonios de personas comunes, resulta claro que a la mayoría de la gente le parece íntimamente, que tales posibilidades “mágicas” no son imposibles ni demenciales. Es como si tuvieran la aprobación de nuestros aparatos computacionales preconcientes, como si otrora el alma las hubiese poseído para perderlas después en un triste proceso de esclerotización, de encallecimiento de la sensibilidad sutil.

Entonces los más osados buscan manera de alcanzar los estados de conciencia alterada por la propia y libre voluntad y buscan las técnicas a su alcance para producirlas.

¿Por qué el buen Jesús eligió el vino para representar su sangre?… Si de color se tratase, había numerosos jarabes de un bonito color rojo sangre que no contenían alcohol. El célebre doctor en filosofía Mircea Elíade sostiene que la virtud por la cual el vino era lo más adecuado para representar la Sangre de Cristo es que produce embriaguez.

La embriaguez es un estado de conciencia alterada capaz de producir alucinaciones; puede convertirse, por lo tanto, el vino, en un aliado para aquellos que busquen alcanzar voluntariamente un estado de conciencia alterada que pueda orientarse a la experiencia mística.

Desde lo más remoto de nuestro pasado histórico los seres humanos hemos estado buscando aliados que nos ayuden a traspasar la barrera de la normalidad cotidiana de nuestras mentes, como si sospechásemos que en el estado de vigilia común estamos utilizando sólo una parte exigua de nuestra capacidad mental.

Los primitivos arios que penetraron al subconsciente de la India hace unos tres mil quinientos años, tenían un brebaje sagrado al que llamaban Somar, el cual era indispensable para sus sacrificios y sus liturgias de adoración a Dios. Casi nada sabemos de los ingredientes que componían al Soma. Ardía con facilidad, lo que hace presumir que era una poción alcohólica bastante fuerte, pero las propiedades psíquicas que poseía de acuerdo con las leyendas hacen suponer que haya contenido sustancias psicodélicas, es decir, drogas capaces de acentuar ciertas funciones de la mente y permiten la percepción de cosas normalmente imperceptibles.

Como los arios, provenían de las estepas de Asia Central, es posible que aquel componente haya sido lo que hoy los bioquímicos llaman siloscibina la que se encuentra en numerosas variedades de hongos, algunos de los cuales aún en la actualidad son utilizados por los chamanes siberianos para alcanzar ciertos estados psíquicos necesarios para sus prácticas de adivinación y terapias mágicas.

Esta misma sustancia era utilizada por los astrónomos místicos de los Nahuas, raza a la que pertenecían los Toltecas y los Aztecas, inventores de la escritura y de una filosofía que recién hoy está comenzando a ser comprendida por el pensamiento europeo. Los “tlamatinime” u “hombres de conocimiento” participaban en rituales secretos, iniciáticos, durante los cuales efectuaban verdaderas expediciones psíquicas hacia mundos mentales donde encontraban los conocimientos que buscaban. Incluso hay algunos antropólogos que consideran digna de estudio la teoría de que estos tlamatinime hayan dominado ciertas técnicas de desdoblamiento mágico, por el cual podían incluso volar en sus “cuerpos astrales”, lo que les podía haber permitido efectuar observaciones geográficas, trazar mapas y alcanzar un conocimiento del planeta inexplicable para personas limitadas a una tecnología material rudimentaria como la de su cultura (Clarividencia).

También los primitivos habitantes de Sudamérica, particularmente en los territorios que abarcaría el imperio Inca, utilizaban poderosas drogas de origen vegetal muy complejo como la “Ayahuasca”, que es una sofisticada preparación a base de un bejuco, raíces, hojas y flores de cuatro vegetales distintos.

El efecto del Ayahuasca es descrito como más potente que cualquiera otra droga conocida, incluyendo el LSD-25, y su característica más peculiar es que produce a los que la ingieren un desdoblamiento involuntario unido a la sensación de ser velozmente proyectado hacia arriba en un vuelo vertical, hasta detenerse a cierta altura. Los brujos actuales, diestros en el uso del Ayahuasca, afirman que pueden volar a voluntad no sólo por distintos lugares sino también traspasando los límites del tiempo. De esta manera logran percibir cosas del pasado remoto tanto como tener vistazos del futuro. ¿Podrían quizás relacionarse estos “vuelos desdoblados” con los inexplicables jeroglíficos gigantescos de Nazca, que sólo pueden apreciarse desde el aire y a bastante altura?.

Si aceptamos que las alucinaciones, como estados de conciencia alterada, no son necesariamente engaños de la mente, encontramos ante nosotros un mundo de posibilidades mágicas incluso más grande que aquel brumoso mundo de nuestros antepasados primitivos ya que hoy contamos con un espíritu y una experiencia científica, con instrumentos y acumulación de conocimientos que nos permitirían adentrarnos más profundamente en lo que antes era un campo religioso o de hechicería.

El antropólogo y psicólogo Rafael J. González, de la Universidad de Texas, publicó en 1984 un trabajo muy valioso sobre la filosofía de los Nahuas desde el punto de vista del culto al dios Ometeotl. el Señor de la Dualidad. Este culto es probablemente el más antiguo de la América prehispánica y de él derivó en gran medida la grandeza de las civilizaciones centroamericanas. De acuerdo al trabajo del Profesor González, el culto a Ometeotl alcanza profundidades psicológicas y un conocimiento profundo de los problemas lógicos de metodología y ciencia, en forma comparable a la filosofía taoísta o la budista de Asia, más un criterio muchos más pragmático y sistemático que lo acerca al pensamiento científico de nuestros días. No obstante, señala el antropólogo, el culto a Ometeotl y la filosofía derivada de él están íntimamente relacionados con prácticas de meditación y experiencias espirituales mediante la ingestión de alucinógenos como la siloscibina y la mescalina.

En la década de 1960 cobró importancia mundial el tema de las drogas como aliadas o auxiliares para alcanzar experiencias psíquicas más allá de nuestras normalidades.

A partir del trabajo realizado por el célebre Aldous Huxley sobre sus propias experiencias con el LSD-25, publicado con el título “Los Umbrales de la Percepción”, hubo un gran número de hombre de ciencia que iniciaron experimentos de distintas clases con este tipo de sustancias. Algunos de los resultados fueron extraordinarios para el tratamiento contra la dependencia alcohólica, terapia social sobre delincuentes peligrosos e incluso terapias para algunos tipos de cáncer.

Otro grupo de científicos, encabezado por los médicos Timothy Leary y Richard Alpert, ambos de la Universidad de Harvard, dieron más importancia a las investigaciones sobre el psiquismo neto, apuntando sus experimentos hacia lo que llamaron la “amplificación de la conciencia”. Es decir, para ellos volvía a cobrar importancia el producir voluntariamente estados de conciencia alterada con fines de exploración espiritual, mística y de descubrimiento de las facultades latentes en el psiquismo humano.
Experimentos clínicos posteriores demostraron que el LSD-25, consumido en forma intensa, puede llegar a producir alteraciones en los cromosomas y provocar en algunos casos malformaciones en los hijos. La prensa mundial, quizá asustada por toda la agitación contracultural de los hippies y su abierto desafío a las normas morales de “la sociedad establecida”, dio amplia difusión a estos aspectos negativos del LSD, sin informar que la incidencia de ruptura de cromosomas era proporcionalmente muy poco significativa.

De hecho el uso popular de las drogas psicomiméticas provocó efectos sociales múltiples, algunos de ellos claramente perniciosos. La exploración de los mundos psíquicos derivó, masivamente, en el uso de drogas por sibaritismo, en una búsqueda de goce y diversión. Con ello venía a comprobarse una vez más la sabiduría de los hombres primitivos que prohibían el uso de drogas mágicas a quienes no reunieran los requisitos espirituales necesarios para una exploración de carácter sagrado. En China, hasta el siglo XIX, el uso del opio era permitido únicamente a los mandarines que habían pasado satisfactoriamente los exámenes del tercer nivel, es decir, que habían probado que no caerían en el vicio del opio como dispensador de paraísos artificiales. Fueron los europeos los que, comprendiendo que había allí un suculento negocio, impusieron por las armas la liberación del opio para consumo masivo. Es decir, fueron los primeros narcotraficantes de la historia y estuvieron dispuestos a sacrificar alrededor de 50 mil vidas humanas para asegurar su negocio.

¿Cuál es la actitud correcta que puede asumir un hombre civilizado ante las drogas?. Sin duda la misma que deberá asumir ante los estados de conciencia alterada: aprender a distinguir y aprender a aprender, como lo ha marcado siempre esa madre terrible que es la Naturaleza.

Las experiencias del grupo de Harvard no tardaron en provocar escándalo, particularmente cuando coincidían (y probablemente estimulaban) con la eclosión del movimiento Hippie. Las autoridades de Harvard presionaron a T. Leary, particularmente para forzarlo a detener sus investigaciones, aduciendo que, puesto que la ciencia desconocía qué peligros podría entrañar para la mente humana el consumo de las drogas psicodélicas, tales experimentos podrían compararse con “jugar a la ruleta rusa”.

Leary y sus colaboradores respondieron que mucho mayor peligro entrañan los experimentos de fusión nuclear, respecto de los cuales hay a lo menos tanto margen de ignorancia como con las drogas. Sin embargo, admitió que el uso constante de LSD-25 y otras drogas, incluyendo la marihuana, iba produciendo en ellos mismos una pérdida progresiva de interés por el enfoque médico de las experiencias. Por el contrario, señaló Leary, experimentaban un interés cada vez mayor por la aventura mística y espiritual, en términos de la existencia humana, según las percepciones que alcanzaban a través de esas drogas.

Dadas las características lo más sintéticamente posible sobre ilusión y alucinación, y los medios para llegar a estas, como en el último estudio de las drogas psicodélicas o psicoactivas y no menos objetable la superstición e infestación psíquica en la época de la brujomanía, nos cabe considerar que la alucinación puede simplemente tomar una dirección que se adecuará a cada sujeto de acuerdo a lo que éste, por ejemplo: crea, tema, tenga como no resuelto, en fin, la psiquis encontrará el medio para asociar lo que más le sea aceptable para establecer el subjetivismo.

De todo lo visto hasta aquí, si bien no hemos hablado implícitamente de hipnosis, deberemos considerar que tales ejemplos citados están dentro de estos estados, más o menos superficiales o, más o menos profundos, autoinducidos por cierto, pero que, no cabe duda que de igual modo pueden ser inducidos externamente a través de la sugestión hipnótica.

 

Cigaraotuso

 

Cigaraotuso Autor Tutor

Bodega de Esencias-Director-Tutor-Escritor-Editor

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